Walt Whitman: un gran poeta que actúa de Dios

En West Hills, localidad de Huntington, un pueblo situado a unos 70 kilómetros al este de Manhattan, hay una casa que conserva su aspecto decimonónico y está considerada un “sitio histórico del Estado de Nueva York”. Su vestíbulo tiene varias cubetas llenas de agua, por si hay algún incendio, la sala está presidida por una chimenea, la habitación de invitados está bien iluminada gracias a una gran ventana, el ático guarda herramientas de la granja, la cocina no sólo cuenta con dos fogones y una mesa, sino también con un espacio para la despensa y otro para lavar la ropa, en el jardín continúa el pozo del que se extraía agua y, en medio de un césped bien cuidado, se yergue una enorme estatua de un hombre de barba larga, sombrero, bastón y una mano alzada con una mariposa posada en ella. En este inmueble, que desde la segunda mitad del siglo XX recibe a cientos de turistas, nació hace 200 años Walt Whitman, “el máximo poeta de la historia de Estados Unidos”. Te recomendamos: Arreola: el poeta fracasado Con su obra, el hombre que también fue enfermero voluntario, tipógrafo, carpintero, periodista y maestro de escuela, intentó concentrar la épica americana. Rompió los cánones de la forma poética tradicional para acercarse a la prosa y abordar temas como la muerte, la sexualidad y los elementos que constituyen una nación. 

El crítico literario Harold Bloom, autor de El canon occidental, asegura: “si eres estadunidense, entonces Walt Whitman es tu padre y tu madre imaginarios, incluso si, como yo, nunca compusiste una línea en verso. Se puede nombrar un grupito de obras literarias como candidatos para las ‘Sagradas Escrituras’ de Estados Unidos. Podrían incluir Moby Dick de Herman Melville, Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain y las dos series de ensayos tituladas La conducta de la vida. Ninguno de ellos, ni siquiera los de Emerson, son tan centrales como Hojas de hierba”. Pero la influencia del vanagloriado autor no se ha limitado a los escritores anglosajones. Figuras del mundo hispanohablante como Rubén Darío, León Felipe, Federico García Lorca, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda o Ernesto Cardenal, han reconocido en varias ocasiones que Whitman forma parte de los cimientos sobre los que han conformado su obra poética. Walt Whitman nació el 31 de mayo de 1819. Fue el segundo de nueve hijos y, cuando tenía cuatro años, empezó junto a su familia una serie de mudanzas que marcarían su forma de ver la vida. Durante su infancia padeció las carencias económicas familiares y, poco después de cumplir once años, dejó el colegio para empezar a trabajar. Fue asistente en un despacho de abogados, aprendiz en la imprenta del semanario de Long Island The Patriot y vendedor de libros, una actividad que le despertó inquietudes intelectuales que luego le servirían para dar clases a niños en varias escuelas. Antes de sentarse a escribir poemas hizo pequeñas notas, crónicas, reportajes y editoriales, una labor que, por desgracia, está escasamente recopilada pero que en los últimos años el Whitman Archive, la fundación encargada de velar por su obra, intenta recuperar. Whitman en 1869 (Fotógrafo: William Kurtz | Librería del Congreso) En 1850 empezó a escribir los poemas que más tarde integrarían Hojas de hierba, el libro que revisaría y reeditaría hasta su muerte. Utilizó sus ahorros para financiar los primeros ejemplares y él mismo se los ofreció a algunas librerías.

En la solapa del libro se autodescribió:  “Walt Whitman, americano, uno de los duros, un cosmos, desordenado, carnal y sensual, no sentimental, no por encima de hombres o mujeres o aparte de ellos, no más modesto que inmodesto”. Un día le regaló uno a su principal mentor, Ralph Waldo Emerson, y éste no dudó en recomendarlo a sus amigos intelectuales, varios de ellos con tribunas en los periódicos. Las críticas que hicieron oscilaban entre alabar la forma innovadora de los poemas y denostar los temas tratados en ellos. Lo calificaron de obsceno, pornográfico y hasta de ofensivo, pues el sexo, el homoerotismo y la prostitución, entre otros asuntos, desfilan sin tapujos por las páginas de Hojas de hierba. La polémica le trajo el éxito y los chismorreos. Los primeros fueron sobre la sexualidad del autor. ¿Era heterosexual, homosexual o bisexual? La lupa se centró en sus amistades: varios chicos que habían sido sus alumnos, algunos hijos de sus caseros y, sobre todo, en uno de sus vecinos, Bill Ducket, y en un chofer de autobús, llamado Peter Doyle, con el que hizo un largo viaje y luego, durante varios años, fue uno de los principales destinatario de sus cartas. También se comentó mucho la visita que le hizo en 1882 el escritor irlandés Oscar Wilde quien, años después, dijo en una entrevista que todavía guardaba el beso de Walt Whitman sobre sus labios. “Old man, seven photographs”, de la serie “Naked”, de Thomas Eakins. (J. Paul Getty Museum, Malibu) Pero los chismosos también se ocupaban de la “íntima amistad” que mantenía con la actriz neoyorquina Ellen Grey. Whitman, por su parte, prefería no hablar en público de su intimidad. Sí lo hacía, en cambio, de otros asuntos que nutrían el sensacionalismo del naciente star system de la literatura estadunidense.

Alguna vez se declaró a favor de la prohibición del alcohol, pero luego los tabloides contaban que solía beber vino y champán. Además, siempre quería quedar bien con la gente que se le acercaba y profesaba diferentes religiones. Decía que, simplemente, respetaba todas las creencias. No dudó en sumarse a la opinión de que Shakespeare no era el autor de todas las obras que se le atribuían y también se ganó varios simpatizantes y detractores al estar a favor de la abolición de la esclavitud. Durante la Guerra Civil (1861-1865), Whitman se apuntó como voluntario en un par de hospitales militares y se dio tiempo para fomentar el patriotismo de las masas con su poema “¡Suenen, suenen, tambores!” Más tarde ensalzó la memoria de Abraham Lincoln con “¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!” y ambos poemas consolidaron su cercanía al pueblo, así como la sensación de que con ello alcanzaba su principal objetivo como escritor pues, decía, “la prueba de un poeta es que su país lo absorba sentimentalmente de la misma forma que él absorbió a su país”. Muchos han sido los biógrafos de este admirado autor pero es ahora, con motivo del bicentenario de su nacimiento, cuando se ha publicado por primera vez una biografía original en español.

Se llama El Dios más poderoso. Vida de Walt Whitman (Ariel) y ha sido escrita por el crítico literario Toni Montesinos. En ella se describe a Whitman como un personaje “omnipresente y omnipotente, plural e infinito, un pequeño Dios que actúa de poeta, un gran poeta que actúa de Dios” y se aborda con especial énfasis las distintas facetas de su voz poética. “Muy lejos de situarse como un intelectual engolado, sujeto al elitismo propio de los que podían dedicarse al mundo de las letras, Whitman entiende que el mayor factor que ha de explotar es el otro desde sí mismo, atendiendo a la Nación desde el Individuo, dejando claro que lo mejor de su tierra es ‘el común de las gentes. Sus maneras, lenguaje, indumentaria, amistades; la lozanía y candor de sus rostros; el desparpajo pintoresco de su porte; su devoción imperecedera a la libertad’. El poeta que iba a adoptar una clara querencia por la política y no se cansaría de idolatrar a Abraham Lincoln —hasta mintiendo sobre el hecho de que lo conocía personalmente y que estuvo en el teatro donde lo asesinaron— decía que el genio estadunidense no residía en los miembros de la magistratura, ni en el cuerpo legislativo, ni en las instituciones universitarias y eclesiásticas, ni en los medios de comunicación. Pensaba en sus conciudadanos, a los que vestía de un edulcorado idealismo describiéndolos como seres lejanos a la mezquindad, comprensivos, curiosos, espirituales, tiernos”, explica Montesinos en su libro, donde también destaca que “poetizar al otro constituye uno de los hitos espirituales, morales, poéticos de Whitman, en un tiempo que había visto el surgimiento del movimiento trascendentalista, encabezado por Emerson, que defendía el hecho de que cada ser humano escondía dentro una divinidad, que había que mirar de cara, sin jerarquías filtradas por el dogma católico impuesto desde los púlpitos, al mismísimo Jesús”.

Los primeros traductores de la obra de Whitman a nuestra lengua fueron latinoamericanos (Jorge Luis Borges quizá sea el más célebre). Pero desde hace un lustro, el poeta, traductor y crítico literario barcelonés Eduardo Moga se ha ocupado de traducir al español peninsular Hojas de hierba, Canto de mí mismo, Yo soy el poema de la Tierra y una selección de prosas del autor estadunidense. Con ello, dice, ha sido testigo de “un crecimiento orgánico, mediante oleadas sucesivas o estratos superpuestos, que era coherente con el crecimiento personal del escritor y con el histórico de la nación, y que coincidía con la naturaleza dispersa, orbicular, del proyecto whitmaniano”. Moga puntualiza que en su labor de traducción se enfrentó a un poeta que creó un nuevo vocabulario, neologismos, ideas filosóficas o religiosas, cuya correspondencia con el español no es demasiado fácil. “Por otra parte”, agrega, “es un poeta oratorio y enumerativo que, a menudo, entra en sucesiones de imágenes que se van engarzando y esas cláusulas, a su vez, se ramifican y se subdividen”.

La obra de Whitman se incrementó en febrero de 2017, cuando un estudiante de doctorado de la Universidad de Houston encontró Vida y aventura de Jack Engle, una novela con dosis de amor, crimen y misterio que cuenta la vida de un huérfano que vence una serie de obstáculos y logra prosperar. Zachary Turpin realizaba una investigación sobre el legado del escritor enterrado en Camden (Nueva Jersey) y en las páginas del periódico The Sunday Dispach se topó con esa novela por entregas publicada en 1852. “En esa historia emergen temas e imágenes que luego ocuparán su lugar en Hojas de hierba. Incluso podría decirse que la novela es un laboratorio de la lírica mayor de Whitman. Hasta el protagonista de clase obrera y su voz son un anticipo de la primera persona del poemario”, explicó entonces Turpin, que se graduó con honores después de semejante hallazgo. Walt Whitman murió el 26 de marzo de 1892. Un año antes, quizá presintiendo el fin, mandó a hacer un mausoleo de granito en forma de casa y preparó la edición final de Hojas de hierba. “Al fin completo, luego de 33 años de mutilaciones, en todos los tiempos y humores de mi vida, en clima pobre y completo, en todas partes de la Tierra, en paz y en guerra, joven y anciano”, especificó en el prefacio. Poco antes de cumplir 73 años le llegó el momento en que la complicación de una bronquitis le impidió respirar. A su funeral acudieron cientos de personas cargadas de flores. Lo despidieron con un ambiente festivo que incluyó música en vivo, bebidas y, por supuesto, varios discursos laudatorios que lo consagraron para la posteridad.

Vía: Milenio

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